El otro día llevé mi portátil a una muy-muy-muy gran tienda en la que lo compré (antes denominada grandes almacenes; ahora en época de cambio forzado de presidencia), para que me solucionaran un problema de calidad que estaba teniendo consistente en la simple faena de que «el colega» se me apagaba de manera azarosa y sin avisar previamente, lo que en Andalucía se denomina “¡valiente cabrón!”. Unas tres semanas antes me habían cambiado el disco duro en el Servicio Técnico, porque el de fábrica había cascao.